JA Teline V - шаблон joomla Форекс

Un problema de memoria…

Typography

Ratio: 0 / 5

Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado
 

Ojalá en este proceso de campaña, tengamos menos autocomplacencia, menos prepotencia y la amplitud de mirar abajo, de mirar atrás, de analizar con cabeza fría de qué manera la agenda de izquierda fue cambiando a la derecha, ojalá sea el momento de pedir disculpas, de rectificar los errores, de rever las sendas, de cambiar los nortes por sures, e intentar tejer por sobre todas las rupturas.

Por: Fernanda Solíz

Tomado de: Plan V http://www.planv.com.ec

 

Hace muchos años dicto la cátedra de procesos psicosociales y uno de  los procesos que estudiamos, primero desde la fisiología y luego desde la psicocología social, es el de la memoria. Y es que la memoria es un proceso fascinante, pues si bien tiene bases orgánicas que lo determinan, es ante todo social. No por nada, la recuperación de la memoria histórica de pueblos y comunidades que han vivido violencia política, tortura o represión, es el camino primero en la conquista de la reparación integral.

Cuando empezamos a estudiar la memoria, lo primero que hacemos es reconocer que hay varios tipos: la memoria sensorial, la memoria a corto plazo y la memoria a largo plazo, y dentro de cada una de estos tipos, existe también una larga subcategorización. Para no enredarnos con elementos de la psicosfisiología,  iremos directo a las diferencias entre estas tres, y concretamente al análisis de cómo la memoria a corto plazo pasa o no, a convertirse en memoria a largo plazo, reflexión desde la cual pretendemos fundamentar nuestra argumentación.

La memoria sensorial registra por lapsos muy breves, la información que percibimos mediante nuestros sentidos: frío, calor, tristeza, dolor, indignación, esta información transita a la memoria a corto plazo, que retiene la información generada por el medio que nos rodea, pero con una capacidad limitada. Por el contrario, la memoria a largo plazo puede almacenar permanentemente la información y presenta una capacidad ilimitada para el almacenamiento. Ahora bien, no todo lo que llega a la memoria a corto plazo puede transitar a la memoria a largo plazo, se requiere un proceso de reforzamiento social, de repetición y racionalización que determinen que el valor de esa información es tal, que merece ser archivado a largo plazo, de otra forma, existe  pérdida de los recuerdos (olvido).

Tomo estas reflexiones, porque con la misma preocupación que escucho reclamar por la memoria frente al nefasto proceder de la vieja derecha que hoy amenaza con regresar al poder, además legitimada por un importante sector poblacional (nos guste o no) que la ha elegido como opción democrática; me niego a aceptar el olvido selectivo de la memoria reciente… si, por supuesto, de esa jovencita que sólo tiene 10 años.

Y creo urgente apelar por esta memoria, esta que parece insignificante al lado de otra que se pinta monstruosa, y quiero recordarles que esta memoria joven también se teje con asesinatos, con tortura denunciada, con pueblos y comunidades desaparecidos, con agresiones físicas, sexuales y psicosociales declaradas y cuidadosamente documentadas. Me niego a que toda esta memoria sensorial, aún fresca, del dolor que arrastramos desde Dayuma y que ha tenido tantos otros nombres, pueda ser olvidada. Llevo en el corazón a las mujeres de Nankintz y sus hijos tiernos (aquellas del pueblo que el gobierno niega su existencia), su voz quebrada por la expulsión del territorio propio, llevo su fortaleza por sobre la impunidad de un Estado que violenta en nombre de poderes multinacionales ya no del imperio yankee, sino del imperio chino. Apelo por ella, por la memoria joven, me niego a permitir que por ser reciente no deba ser denunciada tantas veces como sea necesario hasta que se incorpore en la memoria a largo plazo, en esa memoria colectiva e histórica de los pueblos que evita repetir los errores y que es determinante de su transhistoricidad.

Desde la sensorialidad de acompañar la carencia absoluta frente a los despojos, la angustia frente a los desplazamientos, el miedo, el dolor y la tristeza que dejan las militarizaciones, la cárcel, los golpes, las amenazas, el chantaje en los albergues, la mutación de los derechos sociales en caridades y prebendas; desde esa sensorialidad que no es ingenua porque entiende que el terrorismo de Estado como política institucionalizada no es un asunto menor, y que sabe con claridad que un régimen que responde cómplice y sumiso a la geopolítica global de apropiación de recursos naturales y sus territorios, que funda la política económica en la profundización y modernización de un capitalismo depredador y que además instrumentaliza la política social  como base populista para legitimar el totalitarismo, no merece ser defendido.

La retórica correista “prohibido olvidar” fundada en el reforzamiento de la memoria episódica de la larga noche neoliberal, ha tenido un innegable éxito  en la construcción social de un rechazo importante a la vieja derecha, sin embargo, al mismo tiempo ha sido responsable de la construcción de estigmas morales y políticos frente a lo que ha denominado  la “izquierda boba, el ecologismo infantil y la barbarie de los pueblos indígenas”  como base para legitimar un proyecto político en el que el Estado, el gobierno y el partido se funden indiferenciadamente.

 

Esta línea discursiva de “prohibido olvidar”, ha transitado lamentablemente a un olvido selectivo de autocomplacencia, de ausencia de un sentido mínimo de crítica, y una permisividad creciente a cada escándalo de corrupción, a la obscena utilización del Estado por el partido, al disciplinamiento violento de la población, y con ello ha sido determinante de la anulación, minimización e invisibilización cuidadosamente planificada de las memorias sensoriales de indignación y dolor frente a cada aberración cometida en nombre de la izquierda.

La firma del TLC, la reapertura del catastro minero, la licitación de la décimo primera ronda petrolera, la venta anticipada de recursos, el negocio privado de la salud en detrimento del IESS y el sistema público, la desaparición de ENFARMA, el acoso a las universidades de pensamiento crítico, la persecución y criminalización del movimiento indígena, la complicidad con el enriquecimiento de los históricos grupos económicos de poder además del surgimiento de muchos otros grupos económicos cercanos al régimen, la concentración de las tierras agrícolas y del agua, el cierre de escuelas comunitarias, los préstamos con China,  son algunos de las más recientes.

Quiero concluir enfatizando, que esta reflexión no pretende minimizar lo nefasta que ha sido y que puede ser la vieja derecha, no la defendemos ni subestimamos sus alcances, los condenamos; sin embargo, escribo este texto que apela a la memoria joven que no puede caer en el olvido generalizado y provocado. Una memoria, que por no ser repetida como retórica discursiva en cada sabatina, no es menos grave, ni menos dolorosa, y que es sobre todo una realidad tangible y viva que debe denunciarse. Sabemos que las graves violaciones de Derechos Humanos no prescriben y que al no haber sido juzgadas por este gobierno, deberán ser juzgadas por otros gobiernos, por ello, hemos sido rigurosos en la sistematización de los casos, porque creemos que la memoria histórica requiere un ejercicio permanente de construcción y reflexión colectiva. Y creemos también, con firmeza, que es posible rechazar en nombre de un pueblo soberano que tiene memoria, dos alternativas que no nos representan y no nos convocan, creemos que más allá de la democracia representativa, los procesos de organización social son determinantes y por ello y en nombre de ello, es legítimo nuestro rechazo.

Ojalá en este proceso de campaña, tengamos menos autocomplacencia, menos prepotencia y la amplitud de mirar abajo, de mirar atrás, de analizar con cabeza fría de qué manera la agenda de izquierda fue cambiando a la derecha, ojalá sea el momento de pedir disculpas, de rectificar los errores, de rever las sendas, de cambiar los nortes por sures, e intentar tejer por sobre todas las rupturas.

Del marxismo aprendimos que los pueblos, las organizaciones y movimientos sociales, somos transhistóricos a los gobiernos, así que desde abajo seguiremos fortaleciendo la solidaridad, la ternura, la esperanza, la organización y la resistencia. Seguiremos sembrando y cultivando, reconociéndonos como parte de la naturaleza viva que son nuestros territorios y seguiremos creyendo en la posibilidad de lucha por una opción soberana, revolucionaria, anticapitalista.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar